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Lo habían perdido absolutamente todo. En cuestión de segundos, los cathay-raht habían robado y destruido casi cualquier objeto de valor que había en la caravana. El carromato de madera con el que Decumo Scotti esperaba comerciar con el bosmer se había incendiado y había volcado y caído por el acantilado. Su ropa y sus contratos estaban hechos trizas y enterrados entre el barro, una mezcla de tierra y vino derramado. Todos los peregrinos, mercaderes y aventureros del grupo se quejaban y lloraban mientras recogían los restos de sus pertenencias, a medida que amanecía.

"Lo mejor será que no le diga a nadie que he conseguido conservar mis notas sobre mi traducción del Mnoriad Pley Bar", susurró el poeta Gryf Mallon. "Probablemente, me atacarían".

Educadamente, Scotti desestimó la oportunidad de decirle a Mallon el poco valor que otorgaba a su propiedad. Prefirió contar las monedas de su cartera. Treinta y cuatro monedas de oro, muy poco para un empresario que pretende comenzar con un nuevo negocio.

"¡Eh!", se escuchó un grito que provenía del bosque. De la espesura salió un pequeño grupo de bosmer equipados con mallas de cuero y armas. "¿Sois amigos o enemigos?"

"Ni lo uno ni lo otro", gruñó el jefe del convoy.

"Debéis de ser de Cyrodiil", rio el líder del grupo, un alto y delgado joven de rostro afilado similar al de un zorro. "Oímos que estabais en camino. Al igual que nuestros enemigos, evidentemente".

"Creía que la guerra había terminado", farfulló uno de los mercaderes de la caravana, que ahora estaban arruinados.

El bosmer volvió a reírse: "No tiene nada que ver con la guerra. Tan solo se trata de un pequeño negocio fronterizo. ¿Vais a Falinesti?"

"Yo no", afirmó el jefe del convoy sacudiendo la cabeza. "En lo que a mí respecta, ya he cumplido con mi deber. Sin caballos no hay caravana. Para mí ha supuesto una gran pérdida de beneficios".

Los hombres y mujeres se arremolinaron alrededor del hombre, protestando, amenazándole y rogándole, pero él se negó a poner un pie en Bosque Valen. Decía que si estos eran los nuevos tiempos de paz, prefería volver durante la próxima guerra.

Scotti probó una táctica distinta y se acercó al bosmer. Habló con voz autoritaria, pero amigable, el tipo de tono que utilizaba en las negociaciones con carpinteros desagradables: "Supongo que no consideraríais la posibilidad de escoltarme hasta Falinesti. Soy representante de un importante organismo imperial: la Comisión de Obras de Atrio. He venido para ayudar a solucionar y aliviar algunos de los problemas que la guerra con los khajiitas ha traído a vuestra provincia. El patriotismo..."

"Veinte monedas de oro y tendrás que llevar tú mismo tus bártulos, si es que te queda alguno", respondió el bosmer.

Scotti pensó que las negociaciones con carpinteros desagradables generalmente tampoco salían como él quería.

Seis personas ansiosas disponían de suficiente oro para pagar. Entre aquellos que no disponían de fondos se encontraba el poeta, que suplicó a Scotti que le ayudara.

"Lo siento, Gryf, solo me quedan catorce monedas de oro. No me llega ni siquiera para una habitación decente cuando llegue a Falinesti. De verdad que te ayudaría si pudiera", dijo Scotti, convenciéndose a sí mismo de que era cierto.

El grupo de seis y sus escoltas bosmer comenzaron a descender por un rocoso camino junto al acantilado. Al cabo de una hora, ya se habían adentrado en la espesura de Bosque Valen. La interminable bóveda de tonos verdes y marrones oscurecía el cielo. Bajo sus pies, un mar de putrefacción repleto de gusanos formado durante milenios por las hojas caídas. Caminaron durante varias millas por terrenos cenagosos. Durante algunas más, recorrieron un camino laberíntico repleto de ramas caídas y de otras bajas que colgaban de árboles gigantes.

Todo el rato, hora tras hora, la incansable hueste bosmer se movía tan deprisa que los de Cyrodiil tenían que hacer grandes esfuerzos para no quedarse atrás. Un pequeño mercader de cara roja y cortas piernas tropezó con una rama podrida y estuvo a punto de caer. Sus compañeros provincianos tuvieron que ayudarlo a levantarse. Los bosmer se pararon tan solo un momento, apuntando constantemente con su mirada hacia las sombras de los árboles antes de continuar con su paso de expedición habitual.

"¿Por qué están tan nerviosos?", resolló irritado el mercader. "¿Hay más cathay-raht?"

"No seas ridículo", sonrió el bosmer sin ser demasiado convincente. "¿Los khajiitas adentrándose tan lejos en Bosque Valen? ¿En tiempos de paz? Nunca se atreverían".

Cuando el grupo pasó lo suficientemente alto por encima de la ciénaga como para que el olor se disipara en parte, Scotti sintió de repente un aguijonazo de hambre. Estaba acostumbrado a comer cuatro veces al día, según la costumbre de Cyrodiil. El ejercicio continuado sin comida no formaba parte de su régimen de oficinista bien pagado. Pensó, prácticamente delirando, cuántas horas llevarían trotando por la selva. ¿Doce?, ¿veinte?, ¿una semana? El tiempo carecía de significado. La luz del sol tan solo aparecía esporádicamente entre aquella bóveda de vegetación. El musgo fosforescente de los árboles y de la mugre de debajo era lo único que proporcionaba una iluminación regular.

"¿Podríamos descansar y comer?", le vociferó a su anfitrión, que andaba por delante.

"Estamos cerca de Falinesti", fue su resonante respuesta. "Allí hay montones de comida".

El sendero continuó cuesta arriba durante varias horas, con troncos caídos que obstaculizaban el paso, subiendo hasta las primeras y después hasta las segundas ramas de la fila de árboles. Tras bordear un largo recodo, los viajeros se encontraron justo a medio camino de la parte superior de una cascada con una caída de más de treinta metros. Nadie disponía de la energía suficiente como para quejarse cuando empezaron a trepar por las rocas con pasos agonizantes. Los escoltas bosmer desaparecieron entre la neblina, pero Scotti siguió escalando hasta que no quedaron rocas. Se limpió los ojos de sudor y de agua del río.

Ante él, Falinesti ocupaba todo el horizonte. Extendiéndose a ambos lados del río se alzaba la increíble ciudad del roble graht, llena de arboledas y huertos de arbolillos que parecían suplicar ante su rey. A menor escala, el árbol que formaba la ciudad itinerante habría tenido que ser extraordinario: nudoso y retorcido, con una magnífica copa dorada y verde y colgantes enredaderas que brillarían por la savia. Con más de un kilómetro y medio de alto y la mitad de ancho, era lo más espectacular que Scotti jamás había visto. De no haber sido un hombre hambriento con alma de oficinista, habría cantado.

"Ahí la tenéis", dijo el líder de los escoltas. "No ha sido un paseo tan largo. Dad gracias a que es invierno. En verano, la ciudad se traslada al punto más al sur de la provincia".

Scotti se sentía un poco perdido, sin saber qué hacer. La visión de aquella metrópolis vertical en la que la gente se movía como hormigas aturdió sus sentidos.

"¿No conoceréis una posada llamada...", se detuvo haciendo una pausa y, a continuación, sacó la carta de Juro de su bolsillo, "algo así como la taberna Mamá Paskos?"

"¿Mamá Pascost?", el líder bosmer rio con su despectiva risa habitual. "¿No querrás alojarte allí? Los visitantes siempre prefieren la mansión Aysia, en las ramas altas. Es cara, pero muy agradable".

"Tengo que reunirme con una persona en la taberna Mamá Pascost".

"Si estás dispuesto a ir allí, coge el elevador a Caída Havel y pregunta por allí. Sobre todo no te pierdas y te quedes dormido en el cruce occidental".

Al parecer, a los amigos del joven les pareció una broma muy ingeniosa. Scotti se alejó dejando atrás el eco de sus risotadas y cruzó el entramado de raíces retorcidas que se encontraba al pie de Falinesti. El suelo estaba lleno de hojas y desechos, y de cuando en cuando, caía en picado un vaso o un hueso desde muy arriba, por lo que anduvo con el cuello doblado para estar alerta. Una intrincada red de plataformas unidas a unas gruesas lianas se desplazaba arriba y abajo con bastante agilidad por el lustroso tronco de la ciudad, manejadas por unos operarios de brazos más gruesos que la panza de un buey. Scotti se acercó al chico de la plataforma que se encontraba más cerca, el cual fumaba ociosamente una pipa de cristal.

"Me preguntaba si podrías llevarme hasta Caída Havel".

El mer asintió y en unos minutos, Scotti se encontró a más de sesenta metros de altura, suspendido en el aire sobre la intersección de dos magníficas ramas. Unas redes trenzadas de musgo se entrecruzaban de forma irregular sobre la bifurcación, formando un tejado compartido para varias decenas de pequeños edificios. Tan solo había unas cuantas almas en el callejón, aunque podía oír el sonido de la música y la gente que se encontraba al doblar la esquina. Scotti dio una moneda de oro de propina al operario de la plataforma de Falinesti y le preguntó dónde estaba la taberna de Mamá Pascost.

"Todo recto, aunque no encontrarás a nadie allí", le explicó el operario, señalando en la dirección de la que provenía el ruido. "En morndas toda la gente de Caída Havel sale de juerga".

Scotti anduvo cautelosamente por la estrecha calle. Aunque el suelo parecía tan sólido como el de las avenidas de mármol de la Ciudad Imperial, había resbaladizas grietas en la superficie que mostraban unas caídas fatales al río. Se sentó por un momento a descansar y para, al mismo tiempo, habituarse a la vista desde las alturas. Verdaderamente era un día precioso, aunque a Scotti tan solo le bastaron unos minutos de contemplación para levantarse alarmado. Una alegre balsilla anclada en el río que tenía debajo se había movido claramente varios centímetros mientras la miraba. Pero no se había movido, era él quien lo había hecho. Junto con todo lo que tenía a su alrededor. No era una metáfora: la ciudad de Falinesti andaba. Y teniendo en cuenta sus dimensiones, se movía deprisa.

Scotti se puso en pie y le llegó una nube de humo que provenía de detrás de la esquina. Era el asado más delicioso que jamás había olido. El oficinista olvidó su miedo y corrió.

La "juerga", como la había denominado el operario, tenía lugar en una enorme plataforma atada al árbol, lo suficientemente amplia como para ser la plaza de cualquier otra ciudad. Una fantástica variedad de la gente más increíble que Scotti había visto nunca se aglomeraba hombro con hombro, muchos de ellos comiendo, muchos más bebiendo y algunos bailando al son de un flautista y un cantante que colgaban de una rama por encima de la multitud. La gran mayoría eran bosmer, verdaderos nativos vestidos con cuero de colores y huesos, acompañados de una pequeña minoría de orcos. Girando entre la multitud, bailando y gritándose entre ellos se encontraban unos horrendos hombres mono. Unas cuantas cabezas que sobresalían por encima de la multitud no pertenecían a gente muy alta, como Scotti pensó al principio, sino a una familia de centauros.

"¿Quieres un poco de cordero?", le preguntó un viejo mer marchito que asaba un enorme animal sobre algunas rocas al rojo vivo.

Scotti le pagó rápidamente una moneda de oro y devoró la pierna recibida. A continuación, otra moneda de oro y otra pierna de cordero. El viejo se rio entre dientes cuando Scotti empezó a atragantarse con un pedazo de ternilla y le ofreció una jarra con una bebida blanca espumosa. Scotti bebió y sintió un temblor que le recorría el cuerpo, como si le estuvieran haciendo cosquillas.

"¿Qué es esto?", preguntó Scotti.

"Jagga, leche de cerdo fermentada. Te ofrezco una jarrita y un poco más de cordero por otra moneda de oro".

Scotti accedió, le pagó y engulló la carne, llevándose la jarrita mientras se escurría entre la multitud. Su asociado Liodes Juro, el hombre que le había dicho que viniera a Bosque Valen, no aparecía por ningún sitio. Tras beberse un cuarto de la jarrita, Scotti dejó de buscar a Juro. Cuando le quedaba la mitad, se puso a bailar con el grupo, ignorando por completo los tablones rotos y los agujeros de la valla. Con tres cuartos de la jarrita vacía, estaba intercambiando chistes con un grupo de criaturas cuyo lenguaje le era completamente desconocido. Para cuando la jarrita estaba seca, se había dormido y roncaba mientras la juerga continuaba en torno a su cuerpo tendido.

A la mañana siguiente, aún dormido, Scotti tuvo la sensación de que alguien le besaba. Hizo una mueca para devolver el favor, pero un dolor se extendió por su pecho como el fuego, obligándole a abrir los ojos. Había un insecto del tamaño de un becerro grande sentado sobre él, aplastándolo, sujetándolo con sus erizadas patas, mientras el vórtice central en forma de espiral con cuchillas que tenía por boca penetraba a través de su camisa. Gritó y se retorció, pero la bestia era demasiado fuerte. Había encontrado comida y se la iba a terminar.

"Se acabó", pensó Scotti frenéticamente, "nunca tendría que haber abandonado mi hogar. Podría haberme quedado en la ciudad y quizás habría encontrado trabajo con lord Vanech. Podría haber empezado de nuevo como oficinista subalterno para ir ascendiendo".

De repente, la boca soltó su presa. La criatura se estremeció una vez, expulsó un estallido de bilis amarilla y murió.

"¡Le he dado a uno!", gritó una voz no muy lejana.

Por un instante, Scotti permaneció inmóvil. La cabeza le palpitaba y el pecho le ardía. Por el rabillo del ojo vio movimiento. Otro de esos monstruos corría a toda prisa hacia él. Gateó tratando de liberarse, pero antes de que lo consiguiera se oyó el sonido de un arco tensándose y una flecha perforó al segundo insecto.

"¡Buen disparo!", gritó otra voz. "¡Dispárale otra vez al primero! ¡Acabo de ver que se movía un poco!"

Esta vez, Scotti sintió el impacto del proyectil en el cadáver. Chilló, pero pudo oír lo amortiguada que salía su voz debido al cuerpo del escarabajo. Cuidadosamente, trató de liberar un pie y rodar por debajo, pero el movimiento pareció lograr que los arqueros creyeran que la criatura seguía viva. Le lanzaron una descarga de flechas. Para entonces, el animal ya estaba lo suficientemente perforado, así que ríos de su sangre, y seguramente de la sangre de sus víctimas, empezaron a empapar el cuerpo de Scotti.

Cuando Scotti era joven, antes de volverse demasiado sofisticado para ese tipo de deportes, iba a menudo a la arena imperial a presenciar las competiciones bélicas. Se acordó de aquel gran luchador veterano, al que le preguntó por su secreto, recibiendo la siguiente respuesta: "Cuando me entran dudas sobre qué hacer y tengo un escudo, me protejo con él".

Scotti siguió su consejo. Pasada una hora, cuando dejó de oír disparos de flechas, tiró a un lado los restos del bicho y se levantó de un salto lo más rápido que pudo. Justo a tiempo. Un grupo de ocho arqueros apuntaba sus arcos en su dirección, preparados para disparar. Cuando lo vieron, se echaron a reír.

"¿No te dijo nadie que no te quedaras dormido en el cruce occidental? ¿Cómo vamos a exterminar a los colectívoros si vosotros los borrachos os empeñáis en alimentarlos?"

Scotti sacudió la cabeza, volvió sobre sus pasos por la plataforma y torció la esquina hasta Caída Havel. Estaba ensangrentado, con la ropa hecha jirones y agotado. Además, había bebido demasiada leche de cerdo fermentada. Lo único que quería era un sitio decente para tumbarse. Entró en la taberna Mamá Pascost, un lugar húmedo y frío, empapado de savia y que olía a moho.

"Me llamo Decumo Scotti", dijo. "No sé si habrá albergado aquí alguien que se llama Juro".

"¿Decumo Scotti?". La gorda propietaria, la mismísima Mamá Pascost, se quedó pensativa. "Ese nombre me suena. Ah, debes de ser ese para el que dejaron una nota. Deja que vaya a ver si la encuentro".

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