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D lettere hueso, parte II
por
Tavi Dromio
Q letterué quiere decir que la historia se vuelve más espantosa? -dijo Garaz, incrédulo-. En nombre de Boethiah, ¿cómo puede ser más espantosa?

-Es un recurso -se burló Xiomara, pidiendo dos jarras más de greef y un vasito de flin para Garaz-. ¿Cómo puede empeorar más una historia en la que destacan el canibalismo, el maltrato de esclavos y la utilización recurrente de animales podridos?

-¿Cómo podéis dudar de mí? -gruñó Hallgerd, molesto por la falta de aprecio que mostraban la audiencia por su prosa-. A ver, ¿por dónde íbamos?

-Arslic Oan es dueño de una fortaleza que han asediado unos nórdicos salvajes y caníbales -dijo Xiomara, sin inmutarse-. Tras muchas muertes y varios intentos frustrados de conseguir agua, manda a su armero, de improbable nombre Gorkith, a que pertreche a sus esclavos con la primera armadura de molde de hueso nunca vista. Uno de ellos al fin consigue volver con un poco de agua.

-Solo era un cántaro -dijo Hallgerd, recostándose en la silla y prosiguiendo el relato-, y Arslic Oan se lo bebió casi todo y le dio lo que le sobró a su querido armero Gorkith, y las últimas gotas a las pocas docenas de esclavos que todavía seguían vivos. Era muy difícil mantener la salud y el bienestar. Se hacía necesaria otra expedición, pero solo les quedaba una armadura de molde de hueso, pues únicamente había sobrevivido uno a la incursión.

-Uno de dieciocho esclavos ha conseguido romper el cerco de los nórdicos llevando esa maravillosa armadura de molde de hueso tuya -le dijo Arslic Oan a Gorkith-. Y uno solo puede traer agua suficiente para uno. Por tanto, matemáticamente, como quedamos, contándonos a ti y a mí, cincuenta y seis personas en la fortaleza, necesitamos armaduras para cincuenta y cuatro. Como ya tenemos una, únicamente debes hacer cincuenta y tres para llegar al total. De esta manera, tres conseguirán volver con suficiente agua para ti, para mí y para quien sea que se encuentre en mejor estado para participar del reparto. No sé qué haremos después, pero, si aguardamos, no tendremos suficientes esclavos para procurarnos agua ni para dos días.

-Comprendo -gimoteó Gorkith -. ¿Pero cómo voy a hacerlas? He utilizado todos los huesos de reses para hacer la primera tanda de moldes de hueso.

Arslic Oan dio una orden que Gorkith acató lleno de miedo. En dieciocho horas...

-¿A qué te refieres con eso? -preguntó Xiomara-. ¿Cuál fue la orden?

-Todo se explicará -sonrió Hallgerd-. Debo elegir qué contar y qué ocultar. Es lo que hacen los narradores.

En dieciocho horas, Gorkith tuvo cincuenta y tres armaduras de hueso -continuó Hallgerd, sin hacer mucho caso de la interrupción- listas para los esclavos. Sin más dilaciones, les ordenó que practicasen con la armadura e incluso les dio más tiempo para entrenarse que a sus predecesores. No solo aprendieron cómo moverse y detenerse rápidamente con los moldes de hueso puestos, sino también cómo ajustar la visión periférica para ver un golpe dirigido contra ellos y fintar para esquivarlo, dónde estaban los puntos de refuerzo más recios de la armadura (el centro del pecho y el abdomen) y cómo colocarse para encajar los golpes en esos sitios, en contra de lo que les dictaba su instinto natural. Hasta tuvieron tiempo de simular un combate antes de que los enviaran entre los caníbales.

Los esclavos se comportaron admirablemente. Muy pocos, solo quince, resultaron muertos y devorados directamente. Únicamente a diez les pasó lo propio al llegar al río. Ahí fue cuando las cosas no empezaron a ir conforme a los planes de Arslic Oan. Veintiún esclavos con cántaros llenos de agua escaparon de la colina. Solo ocho regresaron al castillo, en gran parte porque las hordas de nórdicos caníbales les cortaron el paso. Era un porcentaje mayor de supervivientes de lo que había previsto, y Arslic Oan fue presa de una cólera justificada ante su escasa lealtad.

-¿Estáis completamente seguros de que no preferís huir? -les gritó desde las almenas.

Al fin, permitió que los supervivientes entrasen. Tres habían caído mientras esperaban a que abriesen las puertas. Dos más murieron al llegar al patio. Uno deliró, andando en círculos, riendo y bailando, antes de derrumbarse de súbito. Eso significaba que había cinco cántaros de agua para cuatro personas, los dos esclavos supervivientes, Arslic Oan y Gorkith. Como señor del feudo, Arslic Oan se quedó con el cántaro sobrante, pero se mostró equitativo con los demás.

-Tenías toda la razón -dijo Garaz, ceñudo-. Esta historia cada vez es más espantosa.

-Espera y verás -le sonrió Hallgerd.

La mañana siguiente -prosiguió Hallgerd- Arslic Oan se despertó en una fortaleza perfectamente silenciosa y tranquila. No se oían murmullos en los pasillos, ni los sonidos de la dura faena en el patio. Se vistió y contempló la escena. Parecía que la fortaleza estaba completamente desierta. Arslic Oan bajó hasta la casucha del armero, pero la puerta estaba cerrada.

-Abre -dijo Arslic Oan, pacientemente-. Debemos hablar. Treinta esclavos de cincuenta y cuatro llegaron al río y consiguieron agua. Si bien algunos escaparon y un par no sobrevivieron porque eran volubles, algo que debía haber corregido, matemáticamente eso es un cincuenta y cinco por ciento de supervivencia. Si tú y yo y los dos esclavos que quedan hacemos la siguiente incursión al río, nosotros dos sobreviviremos.

-Zilian y Gelo se han marchado esta noche con sus armaduras -le gritó Gorklith a través de la puerta.

-¿Quiénes son Zilian y Gelo?

-¡Los dos esclavos que sobrevivieron! ¡Ya no están aquí!

-Vaya, eso es un fastidio -dijo Arslic Oan-. Pese a ello, tenemos que continuar. Matemáticamente...

-Oí algo anoche -lloriqueó Gorklith con una voz ridícula-. Como pasos, solo que distintos, y estaban cruzando las paredes. Y también oí voces. Sonaban extrañas, como si no pudiesen mover muy bien la mandíbula, pero reconocí una.

-¿Y quién era? -suspiró Arslic Oan, siguiéndole la corriente al pobre armero.

-Ponik.

-¿Y quién es Ponik?

-Uno de los esclavos que murieron cuando los nórdicos nos envenenaron el agua. Uno de los muchísimos esclavos que han muerto, a los cuales hemos utilizado. Siempre fue un tipo amable que no se quejaba, por eso he reconocido su voz entre las otras -Gorklith empezó a sollozar-. Y entendí lo que decía...

-¿Y qué decía...? -preguntó Arslic Oan con otro suspiro.

-¡Devolvedme mis huesos! - chilló Gorklith. Siguió el silencio y, luego, más sollozos.

-Me lo imaginaba -se rió Xiomara.

-Por lo pronto, no se podía hacer nada más con el armero -dijo Hallgerd, algo molesto por las continuas interrupciones-, así que Arslic Oan le quitó a uno de los esclavos muertos su armadura de molde de hueso y se la puso. Practicó en el patio, y se quedó impresionado por la comodidad natural de esa armadura de peso medio. Durante horas, pegó puñetazos, fintó, esquivó, corrió, brincó, saltó e hizo un sinfín de cabriolas. Cuando se notó cansado, se puso a la sombra y se echó una siestecita.

El sonido de la trompeta del rey lo despertó con un sobresalto. La noche había caído y, por un momento, pensó que había estado soñando. Entonces el clangor sonó de nuevo, lejano, pero claro. Arslic Oan se puso de pie con un salto y corrió a las murallas. A varios kilómetros, vio a los emisarios aproximarse con una escolta grande y bien armada. ¡Si hubieran llegado antes! Los nórdicos caníbales de abajo se miraban los unos a los otros consternados. Serían salvajes, pero sabían bien cuando se acercaba una fuerza superior.

Arslic Oan se precipitó dichoso a bajar las escaleras corriendo hacia los aposentos de Gorklith. La puerta aún estaba cerrada. La aporreó, adulando, exigiendo, amenazando. Al fin, encontró una llave, uno de los pocos trozos de metal que no habían fundido días atrás.

Gorklith parecía dormido, pero, cuando Arslic Oan se acercó, se dio cuenta de que la boca y los ojos del armero estaban abiertos del todo y de que sus brazos estaban doblados de una manera imposible tras su espalda. Al examinarlo más de cerca, resultó obvio que el armero estaba muerto. Era más, tenía la cara y todo el cuerpo hundidos, como la vejiga vacía de un cerdo.

Algo se movió a través de las paredes, como unos pasos solo que... más suaves. Arslic Oan se volvió experta y grácilmente para verlo, en perfecto equilibrio.

Al principio, no parecía más que una burbuja que emergía de una de las grietas de la piedra. Cuanta más sustancia gelatinosa de color carne aparecía, más claramente se asemejaba a parte de una cara. Un rostro flácido, casi amorfo, de frente baja y mandíbula desencajada y sin dientes. El resto del cuerpo rezumó por la grieta, una bolsa de músculo y sangre. Por la espalda y los flancos de Arslic Oan hubo más movimiento, más esclavos brotando por las grietas de la piedra. Se pusieron alrededor de él, extendiéndose.

-Devuélvenoslos -gimió Ponik, con la lengua enrollándosele alrededor de la mandíbula, que le colgaba inerte-. Devuélvenos nuestros huesos.


Arslic Oan empezó a despojarse de su molde de hueso y lo tiró al suelo. Un centenar de figuras más confluyó en la pequeña cámara.

-No basta con eso.

Los caníbales se habían esfumado cuando los emisarios del rey llegaron a las puertas de Arslic Oan. No les apetecía nada esa visita. Habían pensado con filosofía que era mejor empezar por el peor de los nobles del rey y acabar el viaje bien. Tocaron las trompetas una vez más, pero las puertas no se abrieron. De la fortaleza de Arslic Oan no salía sonido alguno.

Les costó unas cuantas horas entrar. Si los emisarios no hubiesen llevado un acróbata profesional con ellos para entretenerlos, habrían tardado mucho más. El lugar parecía abandonado. Registraron todas las habitaciones, hasta que fueron a parar a la del armero.

Allí encontraron al señor de las tierras, doblado pulcramente, con las piernas detrás de la cabeza y los brazos detrás de las piernas, como si fuera una buena toga. Su cuerpo no tenía ni un hueso.

-La primera parte de tu historia ya era completamente absurda -protestó Xiomara-. Pero a estas alturas ya no le queda ni una gota de credibilidad. ¿Cómo pudo crearse el molde de hueso si el armero que se lo inventó murió antes de poder contarle a nadie cómo lo hizo?

-Dije que esta era la primera vez que se había creado, no la primera vez que se le enseñara a alguien a hacerla.

-¿Y cuándo fue la primera vez que alguien transmitió ese arte? -preguntó Garaz.

-Esa, amigos míos - replicó Hallgerd con una sonrisa siniestra-, es otra historia y debe contarse otra noche.
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