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Artículo principal: Libros (Shivering Isles)

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Estimado lector, el volumen que tienes en tus manos es una crónica del dolor, el tormento y el descubrimiento. En estas memorias, te desvelaré la autobiografía de un estúpido y fracasado intento por conseguir un gran poder. Acompáñame mientras rompo los lazos de la propiedad, me libro de las restricciones de las antiguas leyes de los arcanos y dejo de lado los vínculos de la ética mágica, ya que aquí encontrarás las últimas palabras que pronunció Vexis Velruan antes de su muerte.

Debes saber, leal lector, que hasta el momento en que muera seguiré estudiando la magia. Pero no soy el típico aprendiz. Yo he conseguido forjar un camino único a una comprensión más profunda de los mecanismos de la magia. Al aplicar magia de destrucción en mi propia carne, he llegado más lejos que ningún estudioso antes de mí.

Es por esa locura por lo que me dirijo a ti, tan lúcido como siempre, con mis facultades totalmente alerta y siendo un conocedor preciso de los sacrificios que he hecho en mi búsqueda. Hace tiempo que perdí la capacidad de sentir otra sensación física que no fuera la agonía absoluta. Me he acostumbrado a ella, tan distanciado del sentimiento, que para mí el dolor simplemente está ahí en todo momento. No consideras que el aire que te rodea es una sensación, ¿verdad?

Te preguntarás cómo he podido llegar a ser lo que soy. Todo comenzó de forma inocente. Era un curandero, uno de los estudiantes más prometedores del templo. ¿De cuál de ellos? No importa, acabaron por expulsarme, los muy estúpidos. Verás, tuvimos que enterrar en nuestro humilde santuario a numerosos pacientes que se habían contagiado de las fiebres rojas. Mis esfuerzos por utilizar las artes mágicas para que la enfermedad se atacara a sí misma tuvieron poco éxito en sus primeras fases. Y por intentar encontrar una cura me expulsaron.

Pero poco después de mi exilio encontré la manera de erradicar la infección mediante las energías destructoras de la magia. En mis exploraciones de la escuela de la destrucción, descubrí que al hacer que las energías elementales atravesaran mi propio cuerpo, conseguía incrementar el resultado en bruto de las mismas. A partir de la experiencia de hacer que un relámpago de tormenta cruzara mi propio cuerpo, fui capaz de profundizar en mis conocimientos sobre las fuerzas brutas de la magia.

Al principio, el dolor era soportable. Sólo volvía a introducir una cantidad mínima de la energía en mí mismo. Aprendí cómo unir las energías de destrucción con las restauradoras. Eso ayudaba a calmar los daños que infligía a mi cuerpo, pero no hacía nada para aliviar el dolor en sí.

Al aumentar mi tolerancia al dolor, comencé a canalizar cada vez más energías a través de mi cuerpo. Mi conocimiento de la destrucción excedía mi conocimiento de la restauración. Aunque aún podía reducir los daños, no podía pararlos. Mi piel se carbonizó y ennegreció; se secó, se escamó y se agrietó. Apestaba a carne quemada. Pero era incapaz de resistir la atracción de aumentar la energía.

Parecía un adicto a la skooma en sus horas bajas. Dejé de utilizar la magia para fines prácticos. Únicamente buscaba cada vez más energía… disfrutaba con el dolor. Ansiaba el momento en el que la energía y el dolor me inundaban al unísono, congelando mi carne, quemándola hasta quedar irreconocible. Mi piel se convirtió en una red de cicatrices, llagas, lesiones y quemaduras. Pero nunca era suficiente, nunca. Necesitaba más. Más dolor. Más energía.

Perdí la vista. Mis ojos se derritieron hasta formar charcas hirvientes de humores vítreos, tan calientes que formaban vetas de piel abrasada al caer por mi cara como lágrimas ardientes. Mi mano derecha se solidificó y se destruyó en mil pedazos al golpearla aterrorizado y sin pensar contra el marco de la puerta cuando me di cuenta de lo que había ocurrido. Los huesos de mis dos piernas se hicieron añicos como cristales rotos triturando la carne y los músculos que los rodeaban.

Aunque esto pueda sonar como un destino funesto, estimado lector, puedo asegurarte que nunca comprenderás como yo lo que es ser una criatura de carne y hueso. Nunca obtendrás el grado de conocimiento de la fragilidad de la carne que yo he llegado a tener. He alcanzado un nivel de comprensión de la magia superior al de los grandes maestros del gremio, pero ese logro palidece en comparación con los magníficos descubrimientos que esta experiencia me ha reportado.

La gente como tú cree que el dolor debe evitarse, que debemos ocultarnos de él, temerlo. Gracias a mi sufrimiento y al entumecimiento que ahora me roba la capacidad de sentirlo, puedo decirte lo siguiente: el dolor es un simple factor de la existencia humana. Nos concede la oportunidad de sentir, de apreciar la cáscara temporal que ocupan nuestros espíritus. El dolor es el mayor regalo que los dioses han otorgado jamás a los mortales.

Y ahora, mientras te cuento esta historia a través de un escriba, soy un hombre hecho jirones, envuelto en vendajes goteantes y que nunca volverá a conocer el placer. Aún así, me queda un mensaje que darte: acepta lo que eres.

Gloria a lord Sheogorath, porque él me ha abierto los ojos.

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