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Vi el oro y lo cogí. Otro no lo habría hecho, lo sé. Y de vez en cuando vuelvo a pensar en la hora en la que vi ese oro y lo cogí. Ya veis, tenía hambre... Qué irónico, ¿no?

No recuerdo mucho más de aquella noche, aparte del oro y el hambre. Ni el nombre de la taberna, ni siquiera el de la aldea, pero creo que estaba en algún lugar del sur de Vvarden. La verdad, no estoy seguro. Durante un rato, me quedé sentado en silencio en la silla, sin pensar en nada más que en el dolor que atenazaba mi estómago. Si nunca habéis tenido hambre de verdad durante días de no llevaros nada a la boca, no podéis saber cómo es eso. No puedes concentrarte en nada. No fue hasta que una figura a mi izquierda se levantó de la mesa para ir a buscar una bebida y dejó un montón de marcas de oro que me devolvieron la consciencia.

Desde ese momento, lo recuerdo todo claramente.

Clavo los ojos en el oro. Clavo los ojos en la espalda del desconocido, que camina tranquilamente hacia la camarera. Echo mano del oro. El oro está en mi bolsillo. Me levanto de la mesa y salgo por la puerta. Por un momento, vuelvo la cabeza. El forastero se ha girado para mirar hacia donde estoy. Lleva capucha, pero noto sus ojos clavados en los míos. Lo juro, casi puedo intuir una sonrisa.

Ya fuera, en la calle, detrás de unos barriles, me agazapé, esperando a mi perseguidor. Si algo bueno tiene toda una vida huyendo de los guardias es que sabes cómo desaparecer. Durante casi una hora, esperé allí, sufriendo aún más por el hambre. Ya veis, estaba despierto y tenía los medios para regalarme con un festín. Y saberlo me torturaba. Cuando finalmente me puse de pie, casi perdí el sentido. Solo tuve energía suficiente para caminar hasta la otra punta de la aldea en busca de una taberna de mala muerte antes de derrumbarme sobre una mesa. Creo que debí de caer inconsciente unos instantes antes de oír la voz de la camarera.

-¿Le traigo algo de comer, sera?

Engullí asados y pasteles y jarras de greef enormes y espumosas. Mientras la bruma de la fatal inanición empezaba a disiparse, levanté la vista de la bandeja para ver a un desconocido que me miraba, por la ventana, con una máscara de oro que brillaba bajo la cegadora luz de la luna. Llevaba una armadura de cuero negro y era de una constitución y un tamaño distintos a los del hombre al que había robado, pero intuí que lo sabía. Pagué la comilona rápidamente y me fui.

Caminé por las afueras de la aldea, por el patio central adoquinado, que se encontraba rodeado por las casuchas de los campesinos. No salía ni una sola luz de ninguna puerta o ventana. No había nadie en las calles. No encontré ningún lugar donde esconderme, así que tomé el camino que salía del pueblo y que llevaba a la espesura. El hambre me había impulsado los días anteriores, pero ahora me atenazaba lo que creí que era un sentimiento de culpa. O quizá ya era de miedo.

Me caí dos veces, dándome de bruces sobre el oscuro camino, pues no estaba familiarizado con las cuestas ni los guijarros. El ruido de la vida animal se hizo repentinamente muy fuerte a mis oídos. Y había algo más ahí afuera, en la noche, algo que me perseguía.

A un lado del camino había un murete, y me escondí detrás. Sabía lo suficiente del arte de la ocultación como para elegir un lugar donde el parapeto se hundiera ligeramente de modo que, incluso si alguien veía el contorno de mi figura, diese por supuesto que era parte del muro. No pasó mucho tiempo hasta que oí el sonido de unos pies corriendo de más de una persona que pasaban de largo y se detenían. Siguió un momento de conversación en susurros y uno de ellos volvió corriendo a la aldea por el sendero. Después, siguió el silencio.

Pasados unos minutos, miré desde detrás del murete. En medio del camino había una figura femenina con un vestido, tocado y velo pardos. Al otro lado, bloqueando la carretera de vuelta al pueblo, había un caballero, equipado con una cota de malla negra. No llegaba a ver la cara de ninguno de ellos. Por un momento, me quedé paralizado, ante la duda de si alguno o los dos me habían visto.

-Corre -dijo la mujer secamente.

La colina que tenía detrás era demasiado empinada, así que salté el murete y crucé el camino con dos zancadas. Huí a la oscuridad del bosque nocturno, con el enloquecedor tintineo del maldito oro en mi bolsillo. Sabía que hacía demasiado ruido como para que mis perseguidores no me oyeran, pero en aquel momento me preocupaba más poner tierra de por medio que pasar desapercibido. Nubes de ceniza tamizaban la luz de la luna, pero pese a ello sabía que el astro era demasiado reluciente como para que me ocultara. Corrí y corrí hasta que sentí toda mi sangre bombeando en la cabeza y en el corazón, rogándome que me detuviera.

Estaba en la linde del bosque, al otro lado de un arroyo poco profundo que venía de una casa enorme y maltrecha rodeada por una valla. Detrás de mí, se oían unos pies corriendo por la tierra accidentada y polvorienta y hacia el sur, arroyo abajo, el inconfundible chapoteo de alguien que se acercaba por el agua.

No tenía más remedio. Medio salté y medio caí en el barro y me arrastré hasta la otra orilla. Crucé la valla rodando por el suelo y corrí a toda prisa por el campo hacia la casa. Buscando con la cabeza, vi a siete figuras sombrías junto a los postes del cercado. El hombre con capa al que había robado, el hombre con la máscara de oro, la mujer con el velo, el caballero oscuro... Y también a otros tres que me habían perseguido, pero que no había llegado a ver. Y yo que creía que era sigiloso.

La luna estaba escondida por completo tras un enjambre de ceniza. Solo las estrellas me ofrecían su tenue luz cuando alcancé la puerta abierta de aquella casa en ruinas. Cerré de un golpe y atranqué la puerta como pude, pero sabía que no aguantaría mucho. Mientras inspeccionaba el desolado interior de mobiliario roto, busqué algo donde esconderme. Un rincón, una hornacina donde, si me quedaba muy quieto, nadie pudiese verme.

Una mesa astillada que se encontraba apoyada en la pared me pareció perfecta para mis propósitos. Me metí debajo de ella, arrastrándome, y pegué un respingo cuando algo se movió y oí la voz de un anciano asustado.

-¿Quién anda ahí?

-Tranquilo -susurré. -No soy uno de ellos.

Su mano arrugada y nudosa salió de la sombra y me cogió del brazo. Al instante, sentí que se apoderaba de mí un sopor, y lo combatí como pude. La horrible cara del anciano, el rostro de un muerto hambriento, emergió cuando la luna apareció y su luz cruzó la ventana rota. Con su zarpa todavía agarrándome, caí de espaldas, mientras olía que la muerte me rodeaba.

Apartaron la mesa. Allí estaban los siete cazadores y una docena más. No, no eran cazadores, eran batidores que me habían sacado de cada escondite, llevándome con mano experta hasta la guarida del verdadero depredador. El anciano se encontraba débil por la edad, y ya no era tan bueno cazando como antaño. Era una máquina de matar oxidada.

-Por favor -fue todo lo que alcancé a musitar.

Como había disfrutado de la caza, fue clemente conmigo, a su manera. No me desangró como a un cerdo. No me maldijo convirtiéndome en uno de ellos, los Berne. Me encerró con los demás, la mayoría locos por el miedo, para que envejeciéramos y que los vampiros nos paladearan a su antojo. Nos llaman "ganado".

Ya hace meses que perdí toda esperanza de dejar alguna vez la lóbrega bodega donde nos guardan. Aunque esta nota llegue al mundo exterior, no puedo dar suficiente información sobre mi paradero como para que me rescaten, aunque hubiera algún campeón capaz de derrotar a los chupasangres. Solo escribo esto para conservar la cordura y avisaros.

Hay algo peor que tener hambre:

ser la comida.

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