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MorrowindEditar

DragonbornEditar

ContenidoEditar

El pasaje siguiente pertenece a los Apographa, las escrituras secretas del Templo del Tribunal. Es una revisitación erudita de una tradición que transmitían los cenicios y que habla de la Batalla de la Montaña Roja y de los acontecimientos que la siguieron. Los cenicios asocian esta historia al relato de Alandro Sul, un compañero de escudo de Nerevar que vivió entre los cenicios tras la muerte de Nerevar y durante la ascensión del Tribunal. Hay muchos enfoques distintos de la historia, pero los elementos principales son constantes en toda la tradición. El asesinato de Nerevar, el trágico destino de Dagoth Ur y la fuente profana de poder divino del Tribunal, la doctrina del Templo las considera meras supersticiones de los cenicios ignorantes, y no están muy extendidos entre los civilizados dunmer.

Resdayn, la actual Morrowind, era tierra disputada por dos tipos de mer muy distintos: los chimer, que adoraban a los daedra, y los dwemer, que adoraban a un poder secreto y profano. Estos dos pueblos no dejaron de luchar hasta que sus tierras cayeron en manos de una cultura extranjera, joven, vibrante y violenta: la de los nórdicos.

Dos héroes, uno de los chimer y otro de los dwemer, Indoril Nerevar y Dumac Enano-Orco, firmaron la paz entre sus pueblos y, juntos, echaron a los invasores. Luego, los dos héroes se afanaron durante largo tiempo para mantener esa paz, aunque sus consejeros creían que mucho no podía o, aún peor, no debía durar. La reina de Nerevar y sus generales -Almalexia, Sotha Sil y Vivec- le pedían que conquistara todo Resdayn, pero Nerevar no les hacía caso, fiel a su amistad con Dumac. Solo habría paz.

Hasta que llegó Dagoth-Ur. La Casa Dagoth había descubierto la fuente del poder profano y secreto de los dwemer: el legendario Corazón de Lorkhan, que los de Dumac habían utilizado para hacerse inmortales, superando a los dioses. De hecho, uno de sus sumos sacerdotes, Kagrenac, estaba construyendo un nuevo dios para que los dwemer se pudieran apropiar de Resdayn.

El Tribunal volvió a apremiar a Nerevar para que les declarase la guerra a los enanos. Nerevar estaba preocupado. Fue a ver a Dumac, su amigo de antaño, y le preguntó si era verdad lo que había dicho Dagoth-Ur. Pero Kagrenac y los sumos sacerdotes dwemer habían mantenido su nuevo dios oculto al rey, y Dumac dijo que los dwemer eran inocentes de toda maldad. Nerevar no consiguió acabar con sus preocupaciones y se fue de peregrinaje hasta Holamayan, el sagrado templo de Azura, quien le confirmó que todo lo que Dagoth-Ur le había contado era verdad y además le dijo que el nuevo dios dwemer debía ser destruido en aras de la seguridad no solo de Resdayn, sino del mundo entero. Cuando Nerevar volvió y le contó al Tribunal lo que había dicho la diosa, la reina y sus generales vieron confirmadas sus sospechas y le aconsejaron de nuevo ir a la guerra. Al fin y al cabo, el odio ancestral entre dwemer y chimer tenía su razón de ser.

Finalmente, Nerevar, enfadado por las "mentiras" de su amigo Dumac, volvió a Vvarden. Esta vez, el rey chimer iba con armadura y armas y rodeado de sus huestes, y le habló con gran dureza a Dumac Enano-Orco, rey de la Montaña Roja.

-¡Debéis renunciar al culto del Corazón de Lorkhan u olvidaré nuestra amistad y cuanto conseguimos en su nombre!

-No renunciaremos a la que ha sido nuestra senda durante años incontables -le dijo Dumac, mostrándose orgulloso y protector de su pueblo y completamente ajeno aún al nuevo dios de Kragenac-, igual que los chimer no renuncian a sus vínculos con los Señores y Señoras de Oblivion. Venir hasta mi puerta de esta guisa, equipado con armas y armadura y rodeado de tus huestes, me dice que ya has olvidado nuestra amistad. Retírate, estimado Nerevar, o te juro por los quince y un tonos del oro que os mataré, a ti y tu gente.

Y así los chimer y los dwemer fueron a la guerra. Los dwemer estaban bien defendidos en su fortaleza de la Montaña Roja, pero el valor y la astucia de la reina de Nerevar y de sus generales desvió a la mayor parte de los ejércitos dwemer del campo de batalla y los mantuvo alejados, de modo que Nerevar y Dagoth-Ur pudieron llegar hasta la Cámara del Corazón por medios que se desconocen. Allí, Nerevar se encontró con Dumac, y el rey enano y él cayeron por las graves heridas sufridas. Dagoth-Ur mató a Kagrenac y se apoderó de los instrumentos que los dwemer habían utilizado para extraer el poder del Corazón. Se acercó a su moribundo señor y le preguntó qué debía hacer con ellos. Y Nerevar invocó otra vez a Azura, y ella les mostró cómo usar los instrumentos para separar el poder del Corazón del pueblo dwemer.

Y, en el campo de batalla, el Tribunal y sus ejércitos contemplaron cómo los dwemer se convirtieron en polvo a su alrededor al quedar privados de la inmortalidad que habían robado.

De vuelta a la Montaña Roja, Nerevar le dijo a Dagoth-Ur que protegiera los instrumentos y la Cámara del Corazón hasta que él volviese.

-¿Pero no debemos destruirlos de una vez por todas, de modo que no puedan volver a utilizarse nunca para hacer el mal? -inquirió Dagoth-Ur. Pero Nerevar estaba confuso por sus heridas y su congoja, pues aún quería a Dumac y al pueblo dwemer, y se marchó a los prados que rodeaban la Montaña Roja para hablar con la reina y los generales, que habían pronosticado aquella guerra y de cuyos consejos no volvería a prescindir.

-Le preguntaré al Tribunal qué hacer con ellos, pues en el pasado han demostrado tener una sabiduría de la que carezco. Quédate aquí, fiel Dagoth-Ur, hasta que vuelva.

Y Nerevar les contó a la reina y a los generales todo lo ocurrido bajo la Montaña Roja y cómo los Dwemer habían usado instrumentos especiales para volver inmortal a su pueblo y les habló del fabuloso poder del Corazón de Lorkhan. El Tribunal decidió que los chimer debían aprender a usar ese poder para que Nerevar pudiera apoderarse de Resdayn y del mundo para su pueblo. Nerevar ni esperaba ni quería eso, así que les pidió a la reina y a los generales que lo ayudasen a invocar a Azura de nuevo para que los aconsejara. Pero el Tribunal se había vuelto tan ambicioso como Kragenac tras oír hablar del poder del Corazón y lo codiciaban. Realizaron el ritual haciendo ver que convocaban a Azura, como quería Nerevar, pero Almalexia utilizó velas envenenadas, Sotha Sil túnicas envenenadas y Vivec invocaciones envenenadas. Y así asesinaron a Nerevar.

Pero Azura apareció igualmente y maldijo al Tribunal por sus malas acciones. Les dijo que utilizaría sus poderes sobre el alba y el ocaso para asegurarse de que Nerevar volviese y enmendara las cosas de nuevo. Pero el Tribunal se rio de ella y respondió que pronto se convertirían en dioses y que el pueblo chimer olvidaría la vieja fe. Azura sabía que eso era cierto y que pasaría mucho tiempo antes de que pudiese traer de vuelta a Nerevar.

-Lo que habéis hecho hoy aquí no tiene nombre, y viviréis para arrepentiros de ello, puesto que las vidas de los dioses no son lo que los mortales creen y los asuntos que pesan sobre los mortales solo unos años afligen eternamente a los dioses -Y para que no olvidaran nunca sus maldades, Azura convirtió a los chimer en dunmer, y su piel se transformó en ceniza y sus ojos en fuego-. Que esta lacra os recuerde lo que sois, nada más que necrófagos que se alimentaron de la nobleza, el heroísmo y la confianza de su rey.

Y el Tribunal se adentró en la Montaña Roja y se encontró con Dagoth-Ur. Este vio lo que había ocurrido, pues su piel también había cambiado, e intentó vengar la muerte de Nerevar, sin conseguirlo. Lo atacaron y lo dieron por muerto. El Tribunal encontró los instrumentos que había estado custodiando y, estudiando los métodos de Kragenac, se convirtieron en dioses.

Miles de años después de su divinización, los miembros del Tribunal siguen siendo los dioses de Morrowind y solo unos pocos recuerdan los antiguos cultos. Y menos aún saben del asesinato de Nerevar, pero su reina y sus generales aún temen que este vuelva, pues las palabras de Azura aún resuenan, y ven la lacra de su maldición en su pueblo cada día.

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