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A letteruge y caída de
san Jiub, el Erradicador,
héroe de Morrowind y
salvador de los dunmer.


Por:
Jiub.
S letteroy un cazador. Soy un redentor. Soy Jiub.

La historia de mi auge empieza en los yermos cenizos de Morrowind. Cabalgaba solo, con el arma presta y el viento ardiente azotando mi cara. Tenía una misión ardua, pero necesaria para asegurar la supervivencia de los dunmer. Una plaga asolaba Cenicia, una amenaza con un hambre insaciable que azotaba a los viajeros inocentes que solo intentaban volver a su casa. Había jurado darles caza uno a uno y sacarlos de los cielos. Su furia no conocía límites y su grito de guerra resonaba por toda la tierra. Eran los famosos asoladores de acantilados, y tenían que ser destruidos.

En un día especialmente caluroso de Culminación solar, estaba rastreando a lo que yo llamaba "un rezagado", un asolador de acantilados sin nido, muy vigoroso y que me había llevado en una alegre persecución por casi cinco kilómetros de dunas de ceniza. Había conseguido arrancarle un trozo o dos de las alas en una escaramuza previa para que no pudiera ascender mucho, pero aún tenía mucha energía y estaba intentando que me cansara de perseguirlo. Habían pasado casi dos horas enteras y mi zancudo del cieno estaba agotado, pero no podía renunciar... Había jurado eliminar hasta la última de esas bestias inmundas, y no pensaba dejarlo escapar. Si quería detenerlo, tenía que hacerlo rápido.

Saqué el arco largo y puse mi última flecha. Tomé una gran bocanada de aire y tensé la cuerda, intentando mantener apuntado al asolador de acantilados. Fue, literalmente, un tiro largo en el que la bestia ganaba distancia y el zancudo del cieno me llevaba botando a todo galope. Por fin, con un plegaria muda, solté la cuerda. La flecha cruzó el aire, cantando como un demonio aullante mientras se abría camino hacia su blanco. Finalmente, cuando coronaba el borde de un río de lava, la flecha le dio justo en el medio. La criatura profirió un grito horrible y cayó, desapareciendo de mi vista.

Mis gritos triunfales se vieron ahogados por el batir de más de un centenar de alas. Del río de lava emergió toda una colonia de asoladores de acantilados, y querían sangre. El maldito bicho me había conducido justo hasta su nido y se había sacrificado con el propósito de darme de comer a su prole. Las malditas criaturas se habían vuelto demasiado astutas. Consciente de que posiblemente fuera el fin, desmonté de un salto del zancudo del cieno y le di un golpe en la pata con la hoja de mi espada de cristal. No había necesidad de que el inocente animal muriera allí aquel día a causa de mi estupidez. Mientras la nube de ceniza que levantaba sus enormes patas se posaba, la prole del asolador de acantilados se acercaba. Mantuve la espada en lo alto y me preparé para lo peor.

El combate duró dos días enteros. Me golpearon, arañaron y derribaron más veces de las que me atrevo a recordar. Al final, cayeron setenta y seis asoladores. Estaba metido hasta la rodilla en sus cadáveres y mi cuerpo estaba punto de venirse abajo, pero había sobrevivido. Sonreí a los cielos, y todo se volvió negro.

Cuando me desperté, lo único que notaba era la espalda sobre el frío suelo de piedra. Me ardía cada músculo del cuerpo y tenía la vista borrosa. Intenté ponerme de pie, lentamente. Me llevó varios minutos de agonía, pero al final lo conseguí. Cuando mis ojos se acostumbraron a la tenue luz de mi nuevo entorno, me di cuenta de que me encontraba ante el mismísimo lord Vivec, que me estaba mirando, sin más... flotando en su trono y atravesándome con sus penetrantes ojos. Cuando empecé a postrarme en señal de respeto, levantó una mano, como diciendo que no era necesario. ¿Estaba muerto? ¿O es que nuestro señor Vivec estaba complacido conmigo? ¿Estaba a punto de fulminarme por mi pasado, más bien sórdido?

De repente, lo comprendí todo. De súbito, me di cuenta de que me habían traído aquí por un motivo. Debería haber muerto en los yermos de ceniza, pero lord Vivec había visto algo en mi interior que no había visto en milenios y había decidido salvarme de mi destino.

Así empezó mi ascensión a la santidad. Así empezó el auge de Jiub.
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